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Dos poetas en el Aula

4 febrero 2008
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       Joaquî Pérez Azaústre            

“Ninguna proclama política o erótica justifica un mal poema” (J. Pérez Azaústre).

Se ve que a Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976), ganador del Loewe a la Creación Joven por El jersey rojo (Visor) le van los premios: Una interpretación (su primer libro) conquistó el Adonais, y Delta, un accésit del Gil de Biedma. Casi nada para un autor que también le da a la narrativa y que explica con humor que la efervescencia cultural cordobesa de la que él, García Casado, Eduardo García, Elena Medel o Vicente Luis Mora dan fe, se debe “al clima y las tabernas”.

P: Perdone la frivolidad, pero ¿cuál es la tendencia poética de la temporada?
R: Me inclino por el jersey de cuello vuelto. A ser posible rojo, sin mangas, con los tacones altos y la mirada rubia. La falda debe ser blanca, con ese vuelo abierto de los labios.
P: El jurado resaltó su aprendizaje de los novísimos… ¿El tiempo y los jóvenes poetas les hicieron justicia?
R: Nunca la suficiente. Sucede con los novísimos como con el 27, que su mirada es tan amplia que el propio concepto de novísimos se les queda corto. Cada novísimo, en suma, es toda una tradición literaria.
P: ¿Y la crítica, a los poetas jóvenes?
R: Hay dos tipos de críticos: los buenos -que son los que hacen su trabajo-, y los otros. En poesía, como en narrativa, algunos críticos avanzarán mucho cuando comiencen a leerse los libros que reseñan. Las contraportadas están bien, pero sólo como aperitivo.
P: Su libro es la crónica de un viaje y de un amor… ¿Dónde comienza la poesía y termina la biografía?
R: No estoy muy seguro. Creo que en la primera página.
P: ¿Es éste su libro más impúdico?
R: El pudor y la literatura tienen poco que ver. De todas formas, sea impúdico o no, carece de un compromiso con la realidad. La poesía, como la novela, no está obligada a copiar la realidad. ¿Dónde quedaría la imaginación? También las fantasías son impúdicas.

Joaquín Pérez-Azaustre, por Gusi Bejer

P: ¿Qué otros poetas impúdicos le interesan?
R: Me interesa la buena poesía, que no es el periodismo sentimental. Me interesa el compromiso con el hombre, que no es una poesía panfletaria. Me interesa el rigor con el pasado, con el lugar que nos corresponde, el latido del mundo en que vivimos. Al final, no importan los temas, que son los de siempre. Lo importante es la forma, que es la que se forja en la respiración de hoy. La forma, siempre la forma, porque ninguna proclama política, emocional o erótica justificará nunca al mal poema.
P: ¿Se siente miembro de alguna generación poética?
R: La verdad es que no. Tengo amigos a los que admiro, pero mi naturaleza de novelista me hace pensarme siempre en solitario. En la narrativa no hay tantas zarandajas. Cuando uno está escribiendo una novela, no tiene tiempo para perderlo en tanta tontería tan olvidable. Como novelista me siento muy cercano a Juana Salabert, Eloy Tizón, Juan Manuel de Prada, Eva Díaz Pérez o Salvador Gutiérrez Solís. Pero ellos tampoco se incluyen en una generación, no la necesitan. Suelen ser otros, seguramente con demasiado tiempo libre, los que se inventan las generaciones.
P: Tal vez, pero ¿no hay rasgos comunes que los diferencien de sus mayores?
R: La vida. Especialmente la vida. Exigir a un escritor de veinte años que en sus novelas aparezca la vida así, en mayúsculas, es querer convertirnos a todos en James Dean.
P: ¿No está más extendida que nunca la idea de que escribir poesía es inútil, que no interesa a nadie?
R: Precisamente tiene que ser así. La poesía es una pasión inútil, y ahí radica su verdadera belleza: maravillosa inutilidad. El único compromiso del poema es con el lenguaje. El que crea en un contrato social con los lectores, al abrigo de consignas ideológicas, o no ha leído a Rousseau o no ha leído a Rilke. Y las dos carencias me parecen graves.
P: De todas formas, ¿no siente, como aquel escritor de éxito, la tentación de decir que está enfermo para que otros menos afortunados no le envidien?
R: No, porque si uno dice que está malito, todo el mundo sabrá que la noche de ayer fue una gran noche. Y yo ese tipo de cosas sí
las envidio: las envidio de todo corazón.
P: ¿Por qué, a diferencia de otros jóvenes autores, no abandonó la poesía tras triunfar en la narrativa?
R: Como decía Charles Bronson en Yo soy la justicia: porque me apetece.
P: ¿Como narrador, se siente un francotirador?
R: En caso contrario, no seguiría escribiendo.
P: ¿Y qué fue del futuro abogado que pensaba ser? ¿Le gustan sus libros?
R: Le encantan. De hecho, suele comprarlos todos.

AZANCOT, Nuria

Alejandro López Andrada

 

Nace en Villanueva del Duque el 13 de febrero de 1957. Escritor.

Aunque estudió Ciencias de la Educación, se dedicó a la poesía desde muy joven, comenzando su andadura literaria en los primeros años de la década de los 80, y publicando alrededor de cuarenta libros hasta la fecha, muchos de ellos premiados. Su obra está poderosamente influida por la naturaleza, la ecología y los espacios y ambientes rurales próximos a su pueblo natal, convirtiéndose en embajador no sólo de Villanueva del Duque, sino de toda la comarca de Los Pedroches.

Es miembro de la Real Academia de Córdoba, además de socio fundador del Ateneo de Córdoba. Casado y con dos hijas, trabaja desde 1985 como técnico de cultura de la Mancomunidad de Municipios Los Pedroches. Ejerce también como crítico literario, destacando su colaboración con el suplemento literario Cuadernos del Sur, que edita Diario Córdoba.  El 29 de enero de 2007 el Pleno del Ayuntamiento de Villanueva del Duque lo nombró, por unanimidad, Hijo Predilecto de la localidad.

El humo de las viñas

Pastora con su rebaño

 

 

 

 

 

                           

  

  

  

  

  

  

   

TRAS LOS TILOS

Muy lejos, en el recodo de una tarde,

aún suena el oleaje de los trigos.

Llenándose de ausencia alarga el sol

su lento brazo de oro hasta las juncias.

Cose una niña ciega el corazón de un águila en un lienzo.

Hay servilletas, cucharas de vainilla,un plato hondo

en el que silba un tábano.Ceniza.

De nuevo se alza el humo entre los tallos sagrados del silencio.

Tras los tilos, a un paso del columpio, en un balcón,

la luz de aquella infancia aún tiene frío.

(“El silencio del humo”)

Entonces, no entendíamos que el mar era una línea azulada y casi eterna que el abuelo pintaba con su voz. El mar era el silencio en los olivos, la majestad lujuriosa de aquel aire que levantaba la falda a la amargura. Padre venía a anunciarnos su orfandad: y el abuelo moría. Era en septiembre, cuando el azul se escondió en el campanarioy el viento copuló con las tormentas. El tiempo estaba roto:era una hormiga abandonada en las sombras del sendero. Subía ya padremuy triste y enlutado: el mar cabía en los ojos del abuelo.

Camina el bosque despacio, sigiloso,como una cabellera de penumbraen la que suenan los grillos, la humedad de los maizales,el látigo profundodel aire entre las zarzas de la luz, el agua atardeciendo bajo el frío.Camina el bosque despacioentre nosotros, y caen las hojas muertas-pequeños corazones de humo y oro- cubriendo la quietud que nos perfuma.Hay algo que nos sigue:un resplandor de soledadva enhebrándose en lo oscuro.Y el bosque sigue caminando a nuestro lado,y nos susurra;sin embargo, estamos mudos.

De aquel silencio en los árboles, ¿qué ha sido?¿Hacia qué sitio han volado las cigüeñas? ¿Dónde buscar la dorada letaníadel somormujoherido junto al agua? La noche se hace ortiga en nuestra voz.¿Cómo encontrar elpasadizo de los astros, la luz de los racimos en la quietud,el humo, la hoja muerta, el campanario? ¿Olvidarán nuestros ojos?Ya es invierno:el aire se hace nieve a nuestro paso. (“La luz de los racimos”)

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